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viernes, 31 de julio de 2015

Vanidades




Días antes de morir, la tía Catalina les dijo a las señoras del geriátrico: 
-Quiero volver a casa., porque necesitaba regresar a su edificio de dos plantas ubicado en la esquina más importante del pueblo. Pero no era posible, ahora estaba recluida en una caverna húmeda que en nada se parecía a la mansión de su juventud. Pasaba frío y ya no tenía apetito por la misma angustia del abandono.

Soltera, anciana, y con su acostumbrado mal humor, la tía Catalina seguía siendo la misma porque toda la vida había hecho su voluntad en aquel mundo de frivolidades, quejas y reproches donde gobernaba y combatía para imponer su nombre.

-Una mujer de clase se nota en la postura; no necesita llevar un vestido caro-decía con vanidad.

Tía Catalina se mantuvo inconmovible ante la muerte de sus padres y hermanas con las que peleaba siempre. Sobrevivió a todos ellos y todavía le quedaban fuerzas para reclamar derechos, molestar a la familia y creer que podía dominar territorios ajenos.

Ni siquiera el hecho de perder su fortuna, sus campos, y tener que trabajar cuidando niños, después de haber sido millonaria, había dañado su autoestima.



Luján Fraix-2004



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